domingo, 26 de junio de 2016

Todos tenemos derecho a vivir.

Por Elisa Cobos Enríquez.

Don Francisco nació con el siglo  pasado, en Cosamaloapan  de  Carpio, Veracruz, estudió  la  primaria  en la Escuela Cantonal, su maestro  fue don  Benito Fentanes.  En su juventud,  por  unos años, fue  secretario particular de un  funcionario  público de Orizaba, que el tiempo ha borrado su nombre,  se separaron, pues  el gobierno lo envió a  Europa en  misión  especial durante la Primera Guerra Mundial.


Llegó a ser alto, delgado, moreno, de cabello ondulado,  sus ojos muy claros como la miel, su  mirada  profunda y tierna, como  si  amara a todo su entorno, a su esposa,  a   sus  2 hijos. Vestía  de mezclilla para  el trabajo, casimir  tropical  para  salir, zapatos  en dos tonos  y  tenía  una  colección  de sombreros: Fieltro, tardan, panameño, hippie,  yucateco  y sin faltar el jarocho.  Sus oficios: Carpintero, albañil, electricista, plomero, barrendero, curandero, no brujo,  sino que conocía mucho de  yerbas  medicinales.  Le gustaba sembrar árboles   y barrer sus hojas, aspirar el olor de la tierra  húmeda.   

Todo lo hacía bien y a conciencia, si la calle tenía hoyos, los rellenaba  y mantenía sin zacateras. Le gustaba leer los periódicos, compraba  2 o 3  y analizar las noticias en cada uno de ellos;  contemplar las noches estrelladas,  encontrar las constelaciones; y las matemáticas en especial. En una ocasión que trabajaba en un astillero, desempeñando uno de sus  oficios como lo era el de barrer,  el  Ingeniero  Naval se quebraba  la cabeza  frente  a  una  montaña de  papeles, y exclamó: __”Pues no doy con el error”, él se acercó junto al Ingeniero y después de analizarlos le señaló una operación con el dedo, al comprobar medidas  le dijo: __”Deje la escoba por ahí, desde  este  momento usted es mi asistente.”

También era Práctico, subía y bajaba  los barcos al  dique, trabajo de mucha  responsabilidad,  cuidaba todos los  detalles  de  las  maniobras para  que  no  salieran los  obreros  lastimados. Cuando  al ingeniero  le  ofrecieron trabajo  en  Brasil, le insistió que se fuera  con él,  con todo y familia  pero no quiso. 
A donde iba, transformaba el  lugar. Otra etapa de su vida fue en la hacienda  La Cantica, era parte de una enorme montaña y tenía un aserradero, los trabajadores inexpertos  tumbaban los árboles sin madurar desperdiciando mucha madera, don Francisco la aprovechaba para hacer  carbón, era el  combustible de esa época y se  ganaba buen dinero. En la casa colorada  como le  decían, se  acomodaban todos  los empleados  del  aserradero  con sus  familias,   ha de  haber sido de unos 30  metros  de frente  por  10 de fondo,   sin divisiones  y varias puertas y  ventanas, en el patio tenía un pozo que según la gente estaba  embrujado, y le echaban todo tipo de  basura: Ramas, cartones, latas, animales muertos.
Don Francisco se propuso limpiarlo,  todos los días después de  que salía  del trabajo le  sacaba  algo, poco a poco hasta que llegó al fondo, su esposa y su niño le ayudaron a sacar latas de lodo, hasta que por fin quedó limpio y con un agua cristalina y buena para consumir. Entonces  todos agarraban agua del pozo, su esposa le decía: __”Nadie te ayudó y ahora todos tienen agua” él le decía  que no se fijara en eso, que  entre más agua le sacaran,  más producía porque se limpiaban los veneros.
Amaba a todos los animales por igual, en la hacienda había una gran cantidad de fieras y víboras, desde inofensivas hasta peligrosas, como: Coralillo, molendera, bejuquillo,  cola de hueso, unas negras muy ponzoñosas, se le atravesaban en su paso cuando iba a ver el horno del carbón, como iba al frente de la hilera le decía a su familia, que no se moviera, cuando pasaba  el  reptil  les decía que ya siguieran, cuando ellos temerosos le decían que por qué no las mataba, invariablemente contestaba:   Todos tenemos  derecho  a vivir.

¡Feliz día del Padre!





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